Zumo y el Rompecabezas Tozudo
En el Prado de las Piñas de Magicandia vivía un puercoespín llamado Zumo, que llevaba media tarde con un rompecabezas de seis piezas de madera: un rompecabezas con forma de erizo.
Le faltaba solo una pieza. La probó de un lado. No encajaba. La probó del otro lado. Tampoco. La giró, la volvió a girar.
—¡No encaja! ¡Nunca va a encajar! —dijo Zumo, con las púas un poco erizadas de rabia.
Empujó la pieza con fuerza contra el hueco, como si empujar más fuerte fuera a hacer que cupiera.
No cupo.
Zumo levantó la pata para tirar todas las piezas lejos.
Su amiga Bela, la comadreja, que pasaba por ahí, se sentó a su lado sin tocar nada.
—Puedo tirarlo todo, ¿verdad? —dijo Zumo, todavía con la pata en alto.
—Puedes —dijo Bela—. Pero antes, ¿probamos otra cosa? Nos vamos a buscar moras cinco minutos, y volvemos a mirarlo con ojos nuevos.
—¿Eso arregla la pieza? —preguntó Zumo, dudando.
—La pieza sigue igual —dijo Bela—. El que cambia un poco eres tú, cuando vuelves a mirar.
Zumo bajó la pata, no muy convencido, y fueron a buscar moras. Comieron, se rieron de una rana que saltó cerca, se olvidaron del rompecabezas un ratito.
Cuando volvieron, Zumo miró la pieza otra vez, ahora con las púas más tranquilas.
Y entonces vio algo que antes no había visto: la pieza no estaba al revés. Estaba boca abajo. Le dio la vuelta, despacio, y encajó en su sitio con un pequeño clic.
—¡Encajó! —dijo Zumo, sorprendido—. Pero si es la misma pieza de antes...
—La pieza es la misma —dijo Bela—. Pero tú la mirabas con rabia, y la rabia no deja ver bien las cosas pequeñas.
Zumo se quedó mirando el rompecabezas terminado, el erizo de madera completo por fin.
—Casi lo tiro todo —admitió.
—Y no lo hiciste —dijo Bela—. Eso también cuenta.
Esa noche, Zumo pensó en el momento con la pata en alto, a punto de tirarlo todo.
Porque en Magicandia los puercoespines saben un secreto: a veces el problema no cambia solo, pero uno mismo sí cambia un poquito cuando se aleja y vuelve. 💛
FIN